El anhelo de la mariposa

Nunca pensé que escuchar su respiración me produciría tal estremecimiento. Todas las partes de mi cuerpo se tensaron a la par y cada bello de mi cuerpo se entrelazó. ¿Lo había conseguido?

-¿Qué es lo primero que harás cuando lleguemos?- le había preguntado, sentado al volante y observando, de manera precaria, como su melena rubia ondeaba al viento mientras continuábamos el trayecto hacia Roma. Irse a vivir a la ciudad del amor, sin duda el sueño que cualquier pareja feliz podría tener.

-Bueno… estoy entre probar un risotto y probar los labios de la mejor persona del mundo en el mejor lugar donde podríamos estar.- parecían palabras ensayadas, pero lo que jamás preparamos fue el beso que vino a continuación. Un beso cálido, largo y a ciento cuarenta quilómetros por hora.

El sonido de un grito fue lo primero que escuché. Un chillido agudo, tenaz, seco. La voz de una princesa a la que habían destronado en el preludio de su nombramiento como reina. No era lo último que quería escuchar de su voz, pero probablemente lo sería.

Desperté a las diez horas en un hospital, como supe más tarde, de Civitavecchia. Las paredes blancas me rodeaban y el olor característico de las clínicas atenuaba el ambiente. No se escuchaba nada, pero al intentar levantarme para averiguar lo que ocurría noté un dolor punzante en mi rodilla. Bajé la mirada y observé una cicatriz de al menos 20 puntos cubriéndome todo mi tren inferior. Joder. Habíamos tenido un grave accidente.

Al momento la busqué. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sido de ella? No entendía nada. Alcé mis ojos al cielo y recé, por primera vez en años, a un Dios al que había tenido abandonado durante muchísimo tiempo. Imploré por lo que más fuera que estuviera bien, que no le pasara nada. Pero no fue así.

No pasaron ni cinco minutos cuando tuve que entenderme con mi chapurreado italiano con una veterana enfermera. Me decía que me calmara, que así solo iba a lacerar más mi rodilla. Pero no me importaba. No me pensaba ir hasta que viera su sonrisa una vez más. No obstante, cuando abrieron la cortina, sentí como moría parte de mi alma.

Era la primera vez que veía una máquina de esas que emiten pitidos sin que fuera en una pantalla. También era la primera vez que veía a mi prometida en coma.

Nunca logré perdonar mi insensatez, mi actitud de niñato, mi irresponsabilidad. Nunca lograría perdonarme que por una gilipollez la mujer de mi vida quedara cinco años en coma. Tampoco me lo perdonó su familia, por supuesto, que dejó de hablarme y casi prohibieron que me acercara a verla una vez trasladada al Hospital Clínic de Barcelona. El único apoyo que tenía, mis padres, había decidido que lo mejor en aquellos momentos era abroncarme y dejarme completamente solo por mi inmadura actitud.

Fueron los cinco peores años que jamás viviría. Podría haber vivido en Roma, ¿por qué no? rehacer mi vida como si aquel accidente hubiera sido un punto y aparte en mi vida. Pero no era así. Había sido un punto y final. Una clausura para la vida ideal que cualquiera pudiera tener. Un inicio para el infierno inerte que es, en realidad, la vida.

Día tras día visitaba el hospital. Las miradas incisivas de mi antigua familia, pues ya era parte de ella, atravesaban mi piel como cuchillos. Pronto analicé las horas de las visitas que ellos empleaban y comencé a ir más tarde, pero eso solo hacía que me sintiera más culpable.

La literatura era lo que más le gustaba. Me empleé a fondo para conseguir su lista de libros favoritos y ampliarla. Cada día le leía para que, si me escuchaba, fuera llevada a un mundo mucho mejor, pues por nocivo que fuera nada podría empeorar la realidad. El goticismo de Zafón, la melancolía de Coelho, el misterio de King… A veces creía que leía no solo para ella, sino para transportarme a mí mismo a dimensiones paralelas donde nada de eso habría ocurrido.

Cuando despertaba la notaba entre mis brazos, y hasta que me daba cuenta de que lo que sostenía era en realidad una botella de whiskey barato era la persona más feliz del mundo. Llegaba a cansarme, a hastiarme, a pensar en la muerte menos digna. Pero no. Si despertaba no merecía esto. No merecía sentirse como me había llegado a sentir yo. Por más que al despertar acabara rechazándome, pues era un sentimiento que cargaba en mi mente y a flor de piel, le debía estar ahí. Le debía, por más que acabara rechazándome, otorgarle la vida que un día le prometí y que, por mi puta culpa, le quité.

Muchos me dijeron que mirara hacia delante, que había muchos peces en el río y no sé cuántas chorradas más. Pero no era así. Nadie podría igualarse en la vida a ella. Y, de hecho, no merecía que le hiciera esto. No después de lo que le había provocado. Cinco años de un sueño que parecía eterno.

El alcoholismo, la drogadicción y la poca higiene hicieron de mí un tipo indeseable. Pronto quedé en paro, pero conseguí aguantar con lo que había ahorrado sin hacer absolutamente nada durante todo el tiempo que ella pasó en coma. Ya no me importaba el dinero, ya no me importaba absolutamente nada. Hacía años que había dejado de ver a mis amigos y a mi familia, solo me quedaban las dos horas de visita en las que podía relatar las aventuras de otros autores a la que iba a ser mi futura mujer.

Ella empeoraba con el tiempo, lo que provocó que su propia familia dejara de verla tan asiduamente. Pronto fui su único visitante. Conociéndola, el único que necesitaba. Pero me alarmó la hipocresía con la que los demás se fueron retirando. Poco a poco, y casi sin darme cuenta, acabamos los dos solos en la habitación.

Era un trece de febrero, cómo olvidarlo, cuando salí del hospital y me dirigí hacia mi coche. Antes de arrancar, por supuesto, una raya de coca ayudaría a calmar mis lágrimas. Finalmente puse el contacto, y en el ruido de un escabroso motor terminan mis recuerdos.

El mismo hospital otra vez. Podía notarlo. El mismo olor, la misma sensación… pero no conseguía ver nada. No conseguía moverme. ¿Qué me pasaba? ¿Qué había ocurrido aquella noche?

Y fue cuando noté, de nuevo, aquella respiración. Había tenido cinco años para fijarme, pero nunca había sonado tan rítmica como en aquel momento. Y surgieron las palabras. Jamás olvidaré el último verso de Coelho que me relató. “Hay momentos en que las tribulaciones se presentan en nuestras vidas y no podemos evitarlas. Pero están allí por algún motivo. Sólo cuando ya las hemos superado entenderemos por qué estaban allí.” ¿Podía entender, con mi muerte, el porqué de todo aquello?

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