Adiós al Sol

La habitación era cálida. Demasiado cálida para aquella situación. Dos sillas colocadas paralelamente se ubicaban en la antigua alfombra que una vez sirviera para acoger, en su tela, múltiples piernas que correteaban de un lugar a otro. Pero ya solo eran cuatro las que pisaban aquel lugar. El que una vez era hogareño se había convertido en algo lúgubre, en algo hostil. Solo el repiqueteo de un reloj ambientaba la escena. Su tic tac conformaba el paso de los segundos que quedaban por delante. Las cajas, llenas de recuerdos y sonrisas, se hallaban colocadas de forma desordenada en el habitáculo. Las cuerdas estaban preparadas, y solo una carta, postrada detrás de la puerta, mostraba la realidad de lo que una vez fue y lo que era hoy día.

“Adiós al sol, adiós al mar. Adiós al abrigo que nos pudisteis dar. Adiós al rostro, adiós al cuerpo, adiós a las personas que almacenan nuestros recuerdos. Quizás no es un adiós, quizás es un hasta luego, pero quizás solo es quizás, y no nos arrepentimos del mundo que era nuestro. No lloréis, no lamentéis, vuestra culpa no es, pero nuestra segunda niñez no arruinará vuestro mañana. La felicidad nos ha sido dada gracias a vosotros, a los que habéis estado ahí. Por eso mismo no nos vemos en el derecho de arruinárosla por algo que no merece la pena, pues no es más que una condena lo que nos tocaría vivir. El esfuerzo sirvió para un tiempo mejor, el esfuerzo sirvió para llevar esto adelante. No es pedante que nos satisfagamos de lo vivido. No es cortante que nuestro vigor termine aquí. Inquietante, quizás, es que no nos quede más remedio, pero no hay más término al que aferrarse que al caos en el que vive la sociedad. Una vida de recuerdos, pues solo éramos dos jóvenes que nos aferrábamos a nuestras posibilidades para poder subsistir. Una vida de remedios, pues si había un problema dejábamos la pena atrás y sonreíamos a un futuro venidero. Pero no hay remedio cuando no hay posibilidad. De nada sirve el esfuerzo cuando te terminan de agotar. Hemos luchado, hemos buscado, hemos llegado a lo ilegal, pero hoy día no existe justicia a la que poder reclamar. No hemos podido ser más felices, os lo aseguro, y es por eso por lo que, juntos y con la misma sonrisa que se reflejaba el día de nuestra boda, decidimos despedirnos de una vez por todas. Nos habéis dado la vida, no lo olvidéis. Nos habéis llenado de amor y cariño, habéis conseguido que todo saliera bien. Pero cuando todo acaba no hay más. Ni por qué lamentarse ni por qué luchar. Recordadnos como lo que éramos, ¡como lo que somos! Quien siempre os querrá, quien siempre os amará y la sonrisa de nuestra cara no se la llevará ni la muerte”.

La puerta sonaba. Era la hora de entregar el hogar por el que tanto habían luchado, por el que tanto se habían sacrificado. Las manos se entrelazaron y el último beso duró poco, pero fue el más intenso que jamás pudiera verse. Finalmente, las sogas acabaron con dos vidas que con sonrisa marcharon.

DOCU_GRUPO A man walks past a drawing of a hangman with the word eviction spelled out, on a street in central Madrid

Texto original para La Mirada Joven

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