Ciudadano del Mundo

Tengo un problema: No creo en las fronteras. No creo en que las diferencias entre un español y un saharaui sean mayores a sus nexos de unión. No creo que deban lanzarse pelotas de goma a personas que nadan en busca de un futuro mejor, simplemente moviéndose de un lugar a otro. Un lugar del que, sin embargo, otro se ha apropiado. Un lugar donde, al parecer, no puedes pasar si no has nacido allí. Como si ese lugar nos perteneciera. Como si una porción de tierra perteneciera a alguien.

No creo, por ese mismo motivo, en los nacionalismos. Como dijo un sabio de pelo blanco y lengua curiosa, el nacionalismo es una enfermedad infantil. Y el sarampión de la humanidad, sin embargo, parece avanzar hacia un cáncer terminal del que nunca nos libramos por más quimioterapias que sufrimos. Nos han amputado brazos y piernas y solo nos queda esperar, tumbados en la camilla, a que llegue el óbito.

Lo que nos une es mucho mayor a lo que nos separa

Lo que nos une es mucho mayor a lo que nos separa

“¿O podemos hacer algo?”

El mundo ha sufrido multiplicidad de guerras desde que el ser humano decidió que una porción de tierra nos pertenecía a cada uno y que, si invadíamos otra, nos haríamos más fuertes y seríamos mejores. Con lo fácil que hubiera sido poder cruzar a cualquier lugar del mundo sin que existieran fronteras. ¿No es así? Todos hubiéramos podido disfrutar de los recursos que el planeta buenamente nos regala. Pero qué va, algo que a priori es tan simple lo hemos convertido en la mayor utopía de la humanidad. 

Y lo peor es que no nos conformamos con creemos las propias fronteras que hemos creado como seres humanos (por cierto, nunca he entendido cómo el término “humanitario” se entiende como algo bueno), sino que las defendemos a muerte propia y de los demás. A millones de muertes de los demás.

Entendemos que un grupo de personas que comparten cuestiones comunes (no solo territorio, sino también otras artificialidades, dígase lengua o costumbres) conforman comunidades, naciones incluso. Y me parece perfecto, pues todo lo que nos une siempre suma. Pero el problema está cuando supeditamos dicha idea, la de nación, a la de persona. Nos olvidamos de que todos somos iguales; nos olvidamos de que compartimos una anatomía y una capacidad de conocimiento equivalentes dentro de su diversidad. Queremos establecer más fronteras en vez de romper con todas de una vez por pedregoso que sea el camino, de sumar más y más dentro de la diversidad para acercarnos al máximo posible de la utopía de la que antes hablaba.

La idea de identidad está muy arraigada en el ser humano. Sentirse parte de algo es lo que nos mantiene vivos, pero sentirse parte de algo también comporta no sentirse parte de otro algo, tener un enemigo a batir. Ese es uno de los motivos, junto al egoísmo y el miedo que se tiene a la propia sociedad de hoy día a causa de la economía repartida por unos cuantos magnates, por el cual esta idea es una utopía. Jamás seremos capaces de crear un mundo unido, pues seguiremos sin ser empáticos y sin entender que existe más unión que divergencia entre nosotros. Jamás seremos capaces de crear unas leyes humanitarias con más calidad que los flexibles derechos humanos que conciban todos los territorios ni seremos capaces de viajar de un país africano a otro europeo sin que nos tachen de ser un don nadie que busca aprovecharse de los demás cuando se ha vivido toda la vida en la amarga esclavitud.

El petróleo, un cáncer para el planeta

El petróleo, un cáncer para el planeta

Seamos sinceros, continuaremos asintiendo con la cabeza a la casta política que fuera de unir separa, que se tira piedras entre ellos en vez de solventar los obvios problemas que tenemos y que se hace ver a través de pantallas planas en vez de dar la cara. Marcando las distancias y poniéndose por encima de los demás. Parece que nos digan “Oye, que soy mejor que tú, ¿te crees alguien comparado conmigo? ¿Crees que voy a contestar a tus preguntas idiotas?” y seguramente lo digan en realidad. También han supuesto sus ideales olvidando que somos personas.

Seguiremos vendiéndonos, por nuestra condición de humano, a la primera idea que digan que vendrá mejor a nuestro bolsillo mientras aluden un “Espanya ens roba” “Alemania nos roba” “América nos roba”. A mi no me jodas, quien me roba eres tú. Dejaremos que el cáncer nacional y fronterizo acabe por matarnos. Por egoísmo. Por no recordar que somos iguales a cualquier persona del mundo. Por poca curiosidad, por no tener ganas de viajar y poder vivir donde te venga en gana. O mejor dicho, de que los demás viajen y vivan donde les venga en gana. Continuaremos pensando que la mayoría de personas son malas y echando la culpa, como he hecho hace nada, a los políticos y altos mandos.

“Pero la culpa es tuya. Mía. Nuestra”

Dejamos que el mismo egoísmo que nos está dañando cada día un poco más nos siga carcomiendo cual gusano a cadáver. Dejaremos que nuestra condición humana no haga relucir nuestra condición solidaria. Defenderemos un capitalismo que crea diez vidas de ensueño por cada 100 muertos de hambre. Defenderemos un comunismo que hoy día se ha convertido en la peor de las dictaduras. Defenderemos una anarquía desorganizada, sin principios y contradictoria. ¿Pero defenderemos una utopía?

No soy barcelonés, catalán, español ni europeo.

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